Capítulo 9- Buscando un destino
Nos quedamos en medio de la oscura y húmeda cámara. Rodolfo con una mirada bastante suspicaz, y yo desconcertada ante la certeza de que el Capitán me tenía vigilada.
-Me preguntaba dónde estarían el resto de los hombres, el Capitán los tiene a todos reunidos en proa, sin embargo noto que faltaban unos cuantos- dije con completa honestidad, pero con un tono autoritario. Porque en realidad esperaba ver aquellos rostros entre los hombres reunidos en cubierta, y sin embargo no estaban en ninguna parte.
Aquellos hombres no se aparecían, y eso me intrigaba.
-En efecto, señora. Solo los oficiales y marinos fueron llamados- me comentaba escuetamente, con mucha cortesía.
-Disculpe mi ignorancia, Rodolfo- me disculpaba por mi ímpetu, y por mi momentánea arrogancia, y me dispuse a dar la media vuelta- Estoy aprendiendo sus maneras. Desconozco que hay partes en el barco a las no tengo acceso-
-No es eso- él sonríe con gentileza, dejan ver su educación - Las cámaras inferiores son para trabajos, y almacenar materiales peligrosos como la pólvora. Es tóxico y sucio allá abajo, y solo algunos hombres están capacitados para esos trabajos, y tienen el deber de calafatear toda la madera de quilla...-
El hombre tenía razón, yo era quien no tenía excusa para justificar mi curiosidad.
-¿Y tienen calabozos allá abajo?- me atreví a preguntar.
De las Casas no me hubiera respondido eso, sino no fuera yo ahora la esposa del Capitán.
-Sí, señora-
De repente, la horrible imagen de un barco de esclavos cruzó por mi mente. Sacudí todo eso de mi mente, y la sensación de sentirme asfixiada me hizo apurar mi camino de salida:
-Yo solo quiero saber- agregué -Creo que para cumplir con mi rol a bordo, necesito saber- me excusaba. Pero el Capitán todavía no estipulaba cuál era mi rol, o tal vez era yo quien debía hacerlo.
No lo sabía.
Rodrigo y yo regresamos a cubierta, pasando de la oscura profundidad a al aire abierto y la noche extensa.
En cubierta, el mar ligeramente agitado, y subíamos y bajábamos, completamente mecidos, sobre aquella dura madera que resguardaba nuestras vidas.
Un barco lo era todo para un pirata.
Bajo un manto de estrellas, y el oleaje que brindaba un suave y hechizante vaivén, me sentía hipnotizada por las fuerzas naturales del mundo otra vez.
Por eso me rendí ante Gabriel esa mañana, cuando todavía me dolían los golpes y estaba débil por haber pasado horas colgada de un ancla.
Porque amaba con más intensidad ahora después de haber sentido que moriría.
El ruido de las voces, y las charlas, y las únicas luces provenían del castillo de popa.
-Pasa algo, Rodrigo. No quiero inmiscuirme- comentaba sintiendo un ligero frío que calaba entre mis huesos.
-Usted no se inmiscuye, señora- me respondía amablemente -No se sienta excluida, usted es parte de nosotros-
Sonreí sin ganas. Porque no dejaba de sentirme como una intrusa. Y me atemorizaba no ver más que negrura a nuestro alrededor, como si el barco flotara, sin haber límite entre el cielo y el agua.
----*---*---*---
El oficial Fontenay tenía la palabra.
Adentro en el castillo de popa, brillaban las velas y las copas de vino adornaban los ornamentados muebles atornillados al suelo. El perfil del Capitán se dibujaba contra un fondo negro e insondable.
-Necesitamos un rumbo-
El Capitán lo observaba silente, como solía ser. Un hombre impenetrable.
-Y yo necesito nombres. Los nombres de todos los hombres que estén inconformes. Porque yo solo tengo algunos identificados, pero hay más ¿No es así?-
Todos se miraban unos a otros sin una respuesta.
Ante esa actitud el Capitán suspira frustrado.
-Atracaremos en Santo Domingo. Necesito enviar unas cartas- fueron al fin sus palabras -Les daré la oportunidad de tomar una decisión. Se les pagará una porción y quedarán libres-
No era lo que los oficiales esperaban. Pero tampoco tenían mejores ideas.
-Irán a tierra, cumplirán con mis mandatos y la tripulación tendrá dos días libres- continuaba con tranquilidad.
-Capitán, si me permite, hablarle como un amigo-
El Capitán le concedió el favor al francés. Le insinuó que se sentara frente a él a tomar una copa.
-Ya lo saben. Pueden marcharse- les dijo a los demás.
Sin estar muy convencidos, uno a uno cruzaba la puerta, quedando Jack Morgan de último.
-Bueno, hablemos, Frank-
-Todo esto es muy apresurado. Y pienso en verdad que los hombres necesitan una guía. Y no todos comprenderán por qué deben marcharse-
-Pues yo se los explicaré, mañana. A todos. De resto no sé a qué te refieres. Yo jamás he dado detalles ni explicaciones de nada ¿Cuál es la diferencia ahora?-
-Pues la hay, y creo que no se da cuenta-
-¿Porque hay una mujer a bordo? Hace un año navegábamos con dos y no noté ningún disgusto por eso-
-No era una mujer, era una monja-
El Capitán se molestó por la insinuación. Porque la apariencia física de Marianne no había cambiado, o eso pensaba él. Se molestó al imaginar que tal vez se había equivocado.
-¿A caso ella incomoda a los hombres por su apariencia? Porque ella jamás viste indecorosamente ni es demasiado llamativa. Debes hablarme claro, Frank-
-Ya no es una monja y eso se nota- explicaba Fontenay, sin atreverse a indagar más en el asunto.
El Capitán se sirvió una copa de vino y se la empujó de un solo trago.
-Quisiera saber quiénes son, para deshacerme de ellos- murmuraba.
-Sí pero eso no es posible, mucho me temo-
-Yo solo espero que ella me diga la verdad acerca de lo que pasó anoche- puntualizaba con ojos amenazantes -Entonces sí sabremos-
-Ojalá sea así, señor. Ojalá-
Comentarios
Publicar un comentario