Capítulo 17- La ratonera

¿Qué más podía hacer?
Lo dejé marcharse, dejando la calidez del lecho para ir a enfrentarse a un misterio desconocido que nos esperaba a todos en cuanto cerraran esa puerta tras de sí.
Y a mí solo me quedaba esperar que así como las tinieblas de la noche desaparecían con los primeros rayos del sol, así también las sospechas que atormentaban a los hombres desaparecieran cuando fueran a ver que no había nada en realidad acechando.
Pero nunca sentí el barco tan silencioso, el océano tan calmo ni mi corazón tan inquieto...
-Por favor, que no le pase nada. Qué no esté ocurriendo nada- aferrada a mi escapulario, que me acompañó durante tantos meses de encierro en ese mismo lugar, pedía con todo el corazón, pero no lograba la quietud.
Entonces vi que sobre la mesa estaba la medalla ¡La medalla que yo le regalé! ¡Era la primera vez que estaba sin ella! ¡Se había ido sin ella!
Mi escapulario se coló entre mis dedos y cayó al piso.
Sí no lo veía regresar pronto, no podría quedarme allí encerrada mucho tiempo.
Un ruido me sobresaltó, pero aquel sonido me traía sociego, porque eso significaba que él estaba regresando.
Eso creía.
Un ruido demasiado fuerte, en la puerta. Era la puerta.
No dije nada, porque nunca lo llamaba por su nombre ante otros.
Entonces los golpes que siguieron  me dejaron muy en claro que no eran Gabriel ni Morgan quienes estaban llegando al camarote.
El vacío se adueñó de mi estómago, y del escapulario pasé a tomar mis ropas y mis armas, con los miembros temblando y los latidos de mi corazón palpitando con la rapidez de una fuerte advertencia.
"Todo era un engaño" al fin lo supe, dilucidando con asombrosa claridad lo que estaba pasando ante mis ojos  "Fue una trampa, ellos solo querían alejar a Gabriel de aquí. Ahora estoy sola y atrapada"
La puerta de madera cedió con violencia, y la imagen del diablo que una vez se me apareció una noche, en aquella misma cámara, bajo la forma del Capitán, era ahora una imagen muy real, de gente muy tangible que después de derribar la puerta entraba sin que nada los detuviera.
-Hola monjita-
Era el mulato, que había visto en cubierta hacía poco, junto con los otros... tres, cuatro hombres horribles entrando al camarote.
-El Capitán no anda lejos, no pueden estar aquí...- decía con la poca voz que lograba salirme de la garganta.
-Está muerto, mujer ¿Verdad Tucker?- el hombre sonreía, y buscaba el apoyo de el otro espantoso pirata que lo acompañara.
-Oh sí sí, lo está- respondía el otro.
Todos rieron.
Era la prueba más dura que se presentaba ante mis ojos, yo que creía que mi alma ya pertenecía a la vida pirata, ahora me encontraba totalmente debilitada por la amenaza de unas bestias capaces de todo.
Aquello no era cierto, pero me hería tanto que me sentía sucumbir ante la muerte.
Y no veía salida alguna.
---*---*---*---
Frank Fontenay esperaba fumando su cigarro nerviosamente a patas de la escalera, cuando Morgan y el Capitán llegaban con paso pesado. Los demás estaban cerca, Aristiguieta y Clifford, con armas en mano.
-Informen ¡Ya!- la impaciencia se adueñó del Capitán. Los hombres miraron todos al francés.
-Hay hombres ocultos, señor. Yo los vi, como sombras, escondidos entre los trastes, las cuerdas, allá abajo. Juraría que estaban allí para atacarme. Porque yo bajé...-
-Bajemos ahora- lo interrumpe el Capitán -Pueden estar abriendo la cámara del tesoro. Rápido, quiero ver a esos malditos traidores ante mí, dándome la cara-
Espadas y armas en mano, todos bajaron a encubierta, a las oscuras cámaras, seguidos por el Capitán, esperando encontrarse con los cuerpos grasientos y mugrosos de los piratas más viles, atrincherados traidoramente por entre las entrañas del Venganza Negra.
Eran como perros de caza sin miedo a morir, todos. Aristiguieta, había cazado a montones de hombres, Morgan tenía un oído como el de un gato montés, Fontenay poseía una puntería prodigiosa con aquella pistola victoriana. Y el acero de la mortífera espada del Capitán, se decía que tenía una sed de sangre demoníaca y que nada sobrevivía a su paso.
Pero nada de aquello parecia útil cuando todo lo que había a su paso era soledad.
Con ojos interrogantes el Capitán acosa a Fontenay.
El francés desconcertado quedaba como un falso alarmista.
-Retírense, aquí no hay nada- ordena después de comprobar que no había nadie por ningún lugar, y con una terrible premonición oprimiendo su pecho.
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-¿Qué quieren?-
-Liberar al barco de la maldición- el mulato con un enorme cuchillo, apunta el hierro frente a mí -Y será fácil, solo hay que cortar un fino, blanco y delicado cuello-
-¿Por qué? ¿Qué logran ustedes con eso? No es más que una superstición- recordaba todo lo que me había enseñado Gabriel, intentar negociar era lo primero que se hacía ante un pirata- Caballeros, no les conviene hacerme daño. El Capitán los colgará a todos...-
-Pero él está muerto, monjita- se mofaba el llamado Tucker, un hombre horrible, de menor tamaño y fortaleza que el temible mulato, pero su expresión era tan espantosa que lo demás no importaba.
No tenía miedo ahora, pero aquello, fuera mentira o no, me destruía por completo.

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