Capítulo 8- La claridad de las aguas

Olía toda su piel a agua salada, como tantas noches antes.
Los baños en el mar por las tardes, mágicos, que eran como parte de una ensoñación, habían cambiado su percepción después de lo de anoche. Pero juntos, en sus brazos volvían por un momento a ser los mismos.
Su piel, la piel de los dos, ligeramente tostada por el sol, y por el salitre, brillaba dorada bajo un rayo de sol que llegaba hasta el cálido lecho.
Era un privilegio, y el Capitán lo sabía, en ese mundo para un hombre descansar entre brazos y piernas que le resultaban más deliciosos que el ser un Dionisio en un banquete en el Olimpo.
Se pone de pie y la deja descansar, mientras él se viste y regresa a su silla, para fumar su pipa inmerso en un mar de pensamientos y sensaciones.
Le gustaba sentarse, y observarla por largos ratos mientras fumaba su pipa...
Era como un angel frágil que había caído en sus brazos. Un ángel que debía cuidar.
Pero el Capitán constantemente luchaba contra sí mismo, deciéndose una y otra vez que sí quería tenerla a su lado, ella debía aprender.
Y el Capitán ya había experimentado en carne propia que no podía dejarla.
Era egoísta, y posesivo. Si la dejaba ir, moriría ahogado por una soledad cruel.
No la perdería, así tuviera que enfrentarse a todo.
Ahora más que nunca  tenía la mente clara, una mente que dilucidó por meses para llegar a a saber que ya no podía ser el mismo hombre para esa vida, ni para su tripulación.
Se lo había dicho Morgan aquella noche, toda esa vida era una gran falsedad. Cuán cierto. Al menos para aquellos que sí tenían algo más que esperar.
Y ese algo que esperar, apareció un día ante él, en una playa de San Isidro.
De repente se vio en el medio de un circo grotesco y sangriento, en dónde él era el maestro de ceremonia.
Sí, cuando abría los ojos, veía lo que otros tanto le habían dicho, y que aún le decían.
Comprendía lo que ella tanto intentaba enseñarle.
"Aún no es demasiado tarde"
Pero por ahora había mucho por hacer, había un camino que debía recorrer y él debía mantenerse enfocado.
Además no estaba solo, y eso le daba más coraje que toda la experiencia que había logrado a fuerza de espada, durante toda su vida.
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-Buenos días, y creo que no te lo había dicho hace poco-
Sonreí plenamente ante su voz, que era lo primero que escuchaba en cada despertar, y ahora era diferente a como fue la voz que escuché cuando revivía de mi pesadilla.
-¿Estás bien?-
Y de nuevo la misma pregunta, pero con una actitud opuesta.
-Estoy muy bien-
No dejaba lugar a dudas de que mi respuesta era sincera, y verdadera.
Tal vez un poco desconcertante.
-¿Que no estabas muriéndote anoche?- soltó una mueca.
Me encogí de hombros muy sonrojada.
-Usted conoce métodos de curación muy efectivos-
Una ligera sonrisa se ve en su rostro.
-Usted las mujeres son asombrosas. Tan frágiles por fuera pero se recuperan de todo lo que les pasa así- y chasqueó sus dedos.
-Definitivamente-
Se pone de pie, su pipa emanando un aroma embriagador.
-Bueno. Ahora sí te vas a comer todo el desayuno ¿No?-
Nos reímos los dos.

Nos reímos los dos
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Lo que pasó no quedaba así, era de lo que todo el mundo hablaba a bordo.
Lo primero era empezar a reparar por completo la madera destruida del compartimiento de cañones. Fortificar el barco.
El Capitán no preguntó más, pero sus miradas y su actitud hablaban por sí solas.
Yo por mi parte, practicaba casi los días enteros el manejo de armas y espadas, bajo la tutela de Fontenay, y a veces del mismo Capitán, quien era bastante celoso en lo que refería a tales actividades físicas.
Mi silencio ya no era obligado. En verdad había una nueva determinación en mí, y de eso me convencí cuando esa misma noche me aventuré fuera de la "zona transitable", de cubierta, del castillo de popa y de las escaleras que bajaban al  camarote, buscando volver a ver aquellos rostros.
-Señora  ¿a dónde va?- me sorprendió la voz de Rodolfo, a mis espaldas.

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