Capítulo 7- Honestidad
Ahora tendría que enfrentar las inquisición del Capitán.
Su rostro era una máscara de palidez y ojeras cuando abrí los ojos, y lo vi allí sentado. Había traído una bandeja con un sustancioso desayuno para mí, y esperaba que pudiera ingerir algo y recuperar fuerzas. Después de todo, si había algo que aquel hombre sabía hacer, era resucitar gente que casi se ahogaba en el agua salada.
Había dormido profundamente, pero por un par de horas nada más. No hubieron ni fiebres, ni pesadillas. Así que ahora mis pensamientos volvían a tener cierto orden.
Lo cual era peor.
No fue mucho el tiempo de evasión, con el sol brillando, y la claridad entrando a raudal por la ventana, me encontraba frente a un hombre que había regresado a la vida igual que yo.
Y que por eso necesitaba muchas explicaciones.
Y por un momento estuve a punto de gritar todo, de decirle, con nombres y todo, lo que me habían hecho.
Quería venganza, y estuve a punto de abrir la boca y pedirle a él que me vengara.
Estuve a punto de desatar a la bestia. Ésa que veía escondida detrás de los ojos grises de mi esposo.
Pero no sé cómo pude seguir callada. Tal vez me horroricé al verme a mí misma sedienta de sangre.
O destruyendo lo que tanto intentaba lograr: alejar de su alma la venganza.
Ahora se presentaba esto, como para arrastrarlo otra vez hacía los negros abismos.
Me encontraba en una situación espantosa. Nunca imaginé que pensara en mentirle u ocultarle algo a él.
Cuando ambos juramos, el uno al otro, que no habría secretos importantes entre nosotros.
Era mi deber ante Dios.
Pero la conciencia me condenaba, sí hablar podría significar el desatar un baño de sangre y echar fuego a una caldera que llevaba tiempo intentando apagar.
Que Gabriel volviera a mancillar su alma, por mi culpa, era algo que simplemente no podía permitir.
Me tomó de las manos otra vez, mientras yo intentaba ingerir lo que tan esmeradamente había preparado para mí.
Aquella bandeja, los panes, el café indiscutiblemente oriental: todo lo había preparado él.
-Marianne- mi nombre, pronunciado con un acento turco que casi nunca eran tan obvio. Lo era, cuando había angustia en su ser -¿Qué pasó anoche?-
Mis ojos siempre bajos, desconcertaban demasiado al Capitán. No indagaba más porque sabía que estaba traumatizada.
Pero esa mirada estaba allí, latente.
-Tienes que contarme todo, cuando estés lista-
Obviamente que él sabía. No hacía falta que le fuera clara, sabía más que yo lo que ocurría en el barco y eso estaba expresado en su actitud. Es solo que tenía la consideración suficiente como para comprenderme y darme algo de espacio, y tiempo. Y consideré meditarlo muy bien, esperando que el tiempo me ayudara a decidir qué hacer.
Pero lo que hice fue todo lo contrario:
-Yo resbalé-
Eso fue lo que dije.
-Tú ...¿Resbalaste?- repetía.
El nerviosismo se adueñó de mí, porque era una oveja ante un lobo, y su experticia derribaba cualquier mentira que yo pretendiera hacer creer.
Él tenía toda la experiencia, y yo nada. Así que me preguntaba hasta qué punto creía esas palabras.
-Sí, y por eso no aguanto la vergüenza. Por eso no decía nada-
Su expresión era indescifrable.
-Nadie puede resbalar y caerse por la borda. Eso es imposible-
-No estaba en cubierta. Yo...- mi deseo por evitar algo terrible brindaba a mi voz e imaginación una sangre fría para mentir que hería mi amor propio - estaba en el piso de los cañones-
El Capitán reacciona:
-¿Qué hacías tú donde los cañones? Jamás has entrado allí, y menos sabiendo que hay que hacer reparaciones importantes, que es muy peligroso. Ese piso y la cámara de armas están todas cerradas-
-Gabriel, perdona mi estupidez. Yo venía del almacén, de hacer mi trabajo- y entonces mi tono y mis disculpas eran genuinas. Porque sí me sentía como una estúpida- Creí que también ver el estado de ese lugar era mi trabajo, y así fue como llegué allí, pensé que... Perdóname por favor, en serio tienes que perdonarme-
Aquello no era por lo que decía. Yo le pedía perdón por no poder decirle la verdad en ese momento.
-Anoche, cuando no te encontraba por ninguna parte del barco- entonces él habló, controlando su voz- Perdí el control-
Merecía sus reprimendas.
-El que cae al océano, se pierde, para siempre. ¡Todavía no sé cómo pudiste salvarte, ni cómo pudimos verte allá abajo! Por horas yo... yo-
Y no pudo continuar, y su silencio hizo que yo no pudiera darle la cara.
-No puedo creer que tú simplemente resbalaras. Y que así se pudiera perder tu vida, y la mía. ¡Porque si a ti te pasara algo, yo no lo soportaría!-
Ni siquiera estaba molesto, y el dolor en sus ojos sacudía mi corazon, debilitando mi mentira.
Pero mi estupidez resaltaba, y aquel momento tenso no duró. Solo quería que me abrazara.
Era una total estupidez, una banal cursilería.
Pero era lo que en realidad deseábamos hacer.
Y eso nos condenaba. No necesitaba decirme nada, me bastaba con recordar a los hombres que me atacaron, el mundo que rodeaba al Capitán, para entregarme por completo. Pero en esos momentos veía más que nunca que el amor podía ser una maldición cuando se trataba de alguien como él.
La pesadilla había pasado, porque nada malo ocurrió y a la final eso era lo único que importaba.
-Está bien. Necesitas tiempo- los mismos brazos que me sacaron del agua anoche, tan fuertes, y que me rodeaban y me apretaban, me volvían a salvar otra vez.
-Perdóname- le repetía, sin poder decirle por qué.
-Ahora no me importa nada. Solo me importa que te tengo aquí conmigo otra vez-
Comentarios
Publicar un comentario