Capítulo 6- Agonía entre la negrura

Un abismo negro, preguntándome si en verdad estaba pasando, si seguía viva o si ya había muerto en algún momento antes de caer...
El golpe me hizo regresar a la realidad, mi cuerpo estrellado contra una superficie de agua salada, fría y negra. Ciega por el golpe de agua, que me asfixiaba y me hacía arder los ojos.
Casi perdí el conocimiento, y así hubiera acabado todo.
Pero mis brazos de alguna manera comenzaron a agitarse, y mis piernas. No tenía ningún hueso roto así que viviría unos minutos más.
Lo cual era mucho peor, no tenía nada bajo mis pies, y la enorme masa de madera contra la cual el océano me estrellaba, solo era un cuerpo muerto y silente ante mi agonía.
Moriría cuando la poca fuerza que quedaba en mis miembros se extinguiera por completo.
Incapaz de emitir algún sonido, estaba muda, ciega y casi no podía respirar.
Mi cuerpo ardía por los golpes y por el agua salada.
Era una masa sacudida por el oleaje sin nada de qué sostenerme, y las olas me golpeaban constantemente el rostro hasta que toda el agua inundara mis pulmones.
Aquellas sacudidas me llevaron otra vez contra la dura madera de la quilla, y otra vez me separaba, desapareciendo cada vez más mi aliento.
Hasta que ya no podía mover más mis miembros, y la marea me tragaría hasta las profundidades.

No sentí más que agua y desvanecimiento, y nuevamente fui arrastrada y golpeada contra algo congelado y terriblemente duro, pues era metal     
No sentí más que agua y desvanecimiento, y nuevamente fui arrastrada y golpeada contra algo congelado y terriblemente duro, pues era metal.
La marea me arrastró contra un cuerpo metálico, y el dolor fue como una inyección de adrenalina que activaba por reflejos mis miembros muertos y me hacía abrir los ojos.
Mis manos buscaron aferrarse al cuerpo metálico, encontrando espacios huecos donde asirse...
Y ahí quedé colgada, batuqueada por las olas pero con los brazos rodeando el frío metal.
Y poco a poco pude identificar unas gruesas cadenas, que resbaladizas caían desde el barco, y se sumergían firmes y tensas  hasta el fondo marino, y cuyos aros herrumbrosos y ásperos dejaban espacio para que las manos humanas pudieran aferrarse...
Finalmente supe que había llegado a dar con el ancla.
Porque el Venganza Negra estaba anclado esa noche.
Y no importaba cuánto me arrastraran las olas, ni cuán débil estuviera. Mis manos aprisionadas entre los huecos de las cadenas no me dejarían ser tragada hasta el fondo del océano.
---*---*---*---
-¡Hombre al agua, hombre al agua!-
Unos gritos espantosos. Luego sentí agitación a mí alrededor, y el agua volvía a golpearme, y las olas furiosas rugían por todas partes.
Pero estaba demasiado oscuro para ver, o era que mi seminconciencia nublaba todos mis sentidos.
Parecía que algo me tomaba por la cintura con fuerza, y mis manos me dolieron, pero me solté porque había algo en aquellos brazos que me tomaban que me daban entera confianza.
Me solté, y me abracé fuertemente a mi salvador.
Tal vez había sangre, no sé. No podía hablar, ni gritar todo el terror que sentía. Pero estaba fuera del agua.
Me habían encontrado a tiempo.
---*---*---*---
-¿Cómo pudo pasar algo así??- unas manos sacudían mi rostro. Me ardían todas las vías respiratorias, pero podía respirar.
Voces agitadas a mí alrededor, apenas comprendía lo que decían.
-¡Sí no fuera porque salí a buscarla. Por todo el barco estuve buscándola!! ¿Qué hubiera pasado?-
Luego supe quien era y poco a poco sentí que la vida regresaba a mis miembros, y la visión se me aclaraba.
Me sorprendí de lo rápido que me recuperaba, y que no había ingerido ni tenía agua en mis pulmones.
Un ligero resplandor me indicaba que estaba cerca el amanecer, y entonces al fin pude pensar, que había permanecido aferrada al ancla por unas horas.
Y que ahora estaba recostada contra la baranda, y sobre un montón de cuerdas y amarras improvisadas, y rodeada por todos, con las piernas demasiado débiles como para ponerme de pie.
-Perla, dime ¿Estás bien?- y el Capitán estaba acuclillado a mi lado, como un ángel que me regresaba a la vida.
Estaba allí, y lo rodeaban otros, todos empapados, y supe que había sido Gabriel quien bajó hasta el mar y me había rescatado.
Lo único que hice fue aferrarme a sus brazos, temblando, presa del pánico.
Él se quitó la casaca igualmente mojada, y me cubrió toda con ella, y mis temblores disminuyeron.
-¿Está bien?- preguntaban otros.
-No lo sé. Creo que sí-
-Deberíamos dejarlos tranquilos. La señora necesita descansar- opinaba Clifford- Por ahora no podrá decir nada. Déjenla tranquila-
-Sí, ya ayudaron suficiente. Necesito revisarla- decía el Capitán- Cualquier cosa llamaré  a Roberts-
Eran órdenes. El grupo empezó a dispersarse, incitados por Fontenay y Morgan, y así el Capitán me ayudó a ponerme de pie.
No lo solté ni por un momento, era como aferrarme a la vida misma. En sus brazos me protegía del horror que había experimentado por horas.
Y no pensaba más. Solo recuerdo que llegamos al camarote, me quitó toda aquella ropa fría y mojada, para cubrirme con mantas, y mientras, él me prepararía algo caliente para devolverme el color y darme algo de fuerzas.
Fue cuando pude ver con claridad al fin, yo tenía la piel morada, llena de golpes y rasgaduras. Pero él, cuando me miró de cerca, tenía sus ojos grises completamente enrojecidos.
El agua salada. Sin duda alguna- pensé- Le habían irritado la vista notoriamente.
-Toma. Solo dime si estás herida, si te sientes mal-
Yo solo negaba con la cabeza, incapaz de hablar.
Fue cuando descarté la idea de que Gabriel tenía los ojos rojos por el agua salada.
Después de que mi cuerpo volviera a un estado más normal, y que la humedad se hubiera ido, quise recostarme, quise dormir.
Lo que sentía no era físico, no podía explicarle a Gabriel eso. Lo que tenía era humillación, de haber sido casi asesinada como si fuera un insecto. Como si no tuviera ningún valor.
Así me sentía, como un animal.
Entonces lo veía a él, que me tomaba de las manos, y veía la angustia por la que había pasado, y supe mi valor, que para él lo era todo y así mi corazón muerto volvía a latir.
Sin embargo en ese instante supe también que había mucho que explicar, y aquello me  llenaba de miedo. Porque aquella mirada enrojecida también estaba llena de preguntas, y de sospechas que estaban a punto de desatar una furia incontrolable.
Y me asusté, porque recordando cómo habían jugado conmigo, cómo me habían humillado y empujado al mar, como a una débil piltrafa, todo el valor que pude una vez tener, me pareció un total engaño.
La realidad se me había presentado, viva y tangente, hacía unas horas y estuvo a punto de matarme.
Así que solo permanecí callada, enroscada en mis ropas, escudada bajo un falso estado de shock. Y me acostaría así igual, evitándolo a él, excusándome con malestares que no existían, fingiendo debilidad y remilgos.
Cómo hacían todas las mujeres al fin.
Porque me dejaron bien en claro que ése era mi lugar.
Y la que intentara salirse de su lugar, la muerte se encargaba de aleccionarla.

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