Capítulo 5- Hombre al agua

Las provisiones se guardaban en las bodegas.
El trabajo de contabilizar y distribuir había sido confiado finalmente a mi persona.
Eso se decidió esa misma tarde, por decisión del alto mando, no solo del Capitán.
Rodolfo, Clifford y Aristiguieta apoyaron unánimes y así el Capitán cumplía con su promesa de que no hubieran favoritismos de su parte.
Porque últimamente el tema de las provisiones era recurrente en las reuniones que se llevaban a cabo en cubierta.
Definitivamente mi experiencia y mis estudios me hacían la más calificada para esa labor.
Así que podría decir que tenía mi primer trabajo a bordo
Aparte del cuaderno...

Todavía escribía allí
Todavía escribía allí. Era inseparable de mí, y a veces Gabriel me preguntaba, y yo dejaba que leyera algo de lo que había anotado.
"Todavía intentas salvarme" decía, siendo una figura ante el resplandor de las velas.
"Para eso estoy en tu vida" le decía siempre "Tú me trajiste a bordo para eso y cumpliré"
Y así terminaba todo entre sonrisas.
---*---*---*---
Ahora recordaba esa confianza y me proponía a dar lo mejor de mí.
Obviamente que estaba de más el ron: habían cajas y cajas, ocupando espacio que podía ser usado para otras provisiones o para tener animales.
Ramírez solía comportarse bien, incluso una vez me ayudó. Sin embargo esa noche notaba algo distinto en él.
Solo él me acompañaba, ahí en ese rincón del depósito, donde descansaban una mesa y una silla.
-Sí, son muchas cajas de licor. Creo que eso debe reducirse- comentaba mientras hacía inventario, y era como hablar con la pared.
Desistí de mi tarea, puesto que era obvio que estaba molestando a Ramírez.
-No necesitas estar aquí. Puedes marcharte-
No fue mi intensión sonar autoritaria. Pero, como ya notaba, parecía que últimamente todo lo que yo decía y hacía sonaba autoritario.
Pero para Ramírez era como si no existiera.
Si estaba allí, no comprendía entonces para qué.
Silenciosamente comprendí, y no iba a seguir hablando. Recogí mis papeles, apagué la vela y me retiré, pasando por al lado del pirata que inexplicablemente permanecía parado, observándome fijamente como si yo fuera alguna especie de espectáculo.
"No quiero que te alejes de mí" me había dicho el Capitán. Pero ahora ¿Dónde estaba?
No sabía por qué la angustia era mi sombra. Justo ahora.
Estaba punto de voltear y decirle a todos que por ocho meses el Capitán les había ordenado respeto y distancia, y que ahora esa orden valía el triple.
Casi lo hago, y lo iba a hacer sino fuera porque en las escaleras se aparecieron de repente otros dos.
Y un tercero bajaba de cubierta.
Eran tres piratas que por alguna razón decidieron rodearme, mientras que Ramírez se había desaparecido del mapa.
-¡Buenas!!- me saludó uno, que identifiqué como Criollo. Era enorme y moreno, pero no lo reconocía.
La mayoría de esos hombres eran difíciles de reconocer, pues para eso precisamente se vestían como se vestían.
Yo no dije nada, solo hice un gesto y seguí mi camino.
Pero igual ellos, seguían rodeándome, y mi nerviosismo me hizo tropezar y casi caer.
-Cuidado señora- habló el moreno otra vez, con una voz falsa, como si le hablara a alguien estúpido o sordo.
Los otros dos se me pegaron tanto que llegaron a tocarme.
¿Y yo qué hacía? me movía para la dirección contraria, y volvían a rodearme. La inseguridad me volvió un títere ridículo, de un grupo de brutos.
-Yo... Yo... Por favor retírense, al Capitán no...- tartamudeaba, temerosa de decirles que debían respetarme -El Capitán me ordenó...-
Los tres piratas soltaron una carcajada.
-Oye, Tucker, oye. El Capitán se va a molestar- le decía el moreno al tipo que se mantenía pegado a mí, azuzándome - Ya sabes. Te va a moler los huesos, como hizo con Pedrito-
-Oh sí, Pedrito- se reía en respuesta el llamado Tucker- Pobre Pedrito. Quiso llevarse una moneda, de las del Capitán y uyyy-
Estaba literalmente atrapada entre los tres. Muy cerca de los agujeros de los cañones, lejos de la escalera que daba a cubierta y al castillo de popa. Y mucho más lejos de las escaleras que daban a nuestro camarote, en donde sabía que estaba Gabriel leyendo, como todas las noches.
Todo el mundo muy confiado, muy tranquilo. Y la noche silenciosa, hasta que creí ver un sombra. La sombra.
Y los tres piratas comenzaron a hablar de algo horrible, de un hombre torturado. De un hombre a quien el Capitán castigó "Le quemaba las pelotas" y hablaban con un lenguaje jamás usado frente a una mujer "cada hueso de sus manos triturado, poco a poco"
Y quise llorar porque me hicieron imaginar a Gabriel, en una infernal pesadilla.
Aquel lugar era peligroso, el compartimiento de los cañones, estaba averiado de tantas batallas y tomaba tiempo repararlo. Habían enormes agujeros en las paredes...
Intenté salirme del acorralamiento pero hacerlo significaba que me tocarían lo más indebidamente que pudieran...
Había caído en lo más bajo, me habían convertido en una muñeca de trapo totalmente vulnerable, con juegos y burlas, y el viento marino azotaba duramente mis ropas.
Ante tres tipos solo era una insignificante mujer.
Un viento que entraba por los agujeros abiertos por balas, era amenazante, y los cañones de hierro firmemente encadenados a la madera podían soportar el ir y venir...
Pero yo no estaba encadenada a nada, yo tropezaba en plena oscuridad y los hombres me empujaron hasta que perdí contacto con todo lo material y caí.
Caí finalmente por uno de los agujeros... tan alto, frío y salvaje que supe que caía directamente al océano en plena noche.

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