Capítulo 4- A merced de los vientos

Los días siguientes a aquella mágica noche, se presentaban taciturnos y oscuros. Como si un ambiente pesado rodeara por entero al barco, en vez de un océano inmenso y un cielo raso y abierto.
Ocurría a medida que el Capitán y yo éramos como maestro y pupila, y como tal, caminábamos por cubierta en noches despejadas o amaneceres solitarios.
Así nos dejábamos ver.
Y desde entonces tenía la ligera sospecha de que habían miradas furtivas, y de que nada de lo que hiciera cumpliría con mi nuevo rol.
Pero ¿Y cuál era ese nuevo rol?
Cuando yo abandoné todo para saltar por esa ventana e ir y decirle a un pirata que sí, que sí quería casarme con él, lo hice para amar y ser amada. Lo hice para estar con quien había sido destinado a estar conmigo, al fin.
Lo demás jamás me importó. 
Pero las cosas nunca resultaban como uno se las imaginaba, así que allí estaba la inseguridad otra vez. Como si jamás hubiera aprendido nada, como si la mujer inexperta que había sobrevivido ocho meses de desconcierto y peligros en el mar, y que había escapado de un convento para casarse con un pirata, no hubiera sido más que un personaje ficticio de algún libro.
-No demuestres miedo, amor- su voz me sacó de mis cavilaciones, y me di cuenta que tenía sus ojos clavados en mí- Nunca. Recuerda que muchos son como animales, y los animales reaccionan ante el miedo-
¿A caso él podía darse cuenta de todo lo que estaba pensando? Era obvio, tonta ingenua, que mi inseguridad se notara por encima de mis ropas.
Montones de veces me preguntaba si había algo que me molestara, si había alguien que me incomodara, pero yo jamás le decía nada.
Porque no confiaba en que mis temores fueran reales. Me sentía presa de un mar de emociones producto de los cambios drásticos en mi vida en tan poco tiempo.
Y no podía volver a ser la novicia temeraria que había enfrentado al Capitán Pirata, no por ahora.
-Creo que vamos muy aprisa. No están preparados- comenté al fin, después de mis silencios.
-¿Quiénes no están preparados?-
-Tus hombres-
El Capitán soltó un bufido, y luego comenta:
-No puedo creer que sigas dando más importancia a estos hombres que a ti- 
-Es importante que me oigas. Tal vez sí son importantes, no los trates como animales bajo tu domino. No lo hagas, por favor. No importa quiénes sean, son personas... y yo les doy igual importancia-
Su mirada era de desconcierto, para él muchos eran eso nada más, animales. Y no dudaba que fuera esa actitud la que ocasionara deslealtad en el corazón de algunos.
-Por ahora debes darle importancia- le repetía, aunque estuviera dándome a mí misma un segundo lugar.
Sentía que debía hacerlo, una y otra vez volver a aquel tema:
-No los subestimes, no los denigres. Solo te pido que tengas cuidado-
Y mi voz sonó apremiante, angustiosa. Tanto que el Capitán no protestó, sino que me dio el crédito de la duda, el crédito de escucharme y tratar de entender mi punto de vista.
-Bien- accedía. Y me hizo pensar que habían cosas que yo no sabía y que ratificaban lo que decía. Cosas que el Capitán sabía que sí había hecho mal- Pero igualmente tú, escúchame...- volvió a mostrarse suave, y con una mano tan ligera y suave, roza mi mejilla -Te quiero a mi lado siempre... Y, está bien, no haré que los otros se sientan menos importantes que tú, pero igualmente te quiero a mi lado y que no andes por ahí sola. Por ahora no puedes tomarte esas libertades-
Accedí.
Él entonces toma mi mano y la besa, sin duda alguna, como todo un noble.
-Estamos aprendiendo. Para todo lo que enfrentamos, lo estamos haciendo bien. Créeme- le dije, sin disimular el estremecimiento que me causaban sus contactos.
Gabriel sonríe, dibujándose un gesto de picardía en aquellas duras facciones.
-Tal cual como Morgan, ni más ni menos- aclaraba, como cuando se cierra un trato- Y no quiero verte con vestidos, de ninguna manera- aprovechó de agregar.
Eso me hizo reír, a veces su actitud autoritaria en vez de intimidarme, me causaba gracia.
-No no, no te me rías ¿Eh?-
-¿Y por qué ahora no puedo usar vestidos?- 
Su mirada perversa era la respuesta. Claro estaba que los efectos causados por las piernas de una mujer podrían resultar devastadores.
-Está bien, como usted diga mi capitán- me comporté como toda una subalterna.
Y así con una última mirada, lo dejé marcharse hacia donde estaban los demás. Y me mantendría al margen.
Como había pensado cuando dejé atrás el convento. Que no intervendría.
Yo sabía que no podía cambiarlo todo, y que no iba a cambiar su vida, al menos no al principio.
El viaje de Gabriel hacia la redención, sería un viaje largo, y yo sería su guía.
Sin embargo todo resultaba completamente distinto siempre, y uno constantemente se estrellaba contra el muro de lo inesperado.
---*---*---*---
Me quedé detrás de un mástil, observando. 
No muy lejos mi actitud de ser la misma de cuando era una huésped (como decía él) entre ellos. Y me gustaba observarlo. Estaba allá junto al timón, y se notaba que una vez fue timonel.
Tal vez no del Venganza Negra pero sí de algún otro navío.
Aunque prometí que no me alejaría y que no andaría sola. Así fue. Solo una más de la tripulación.

Esperaba que mi espíritu indómito no me fuera a traicionar
Esperaba que mi espíritu indómito no me fuera a traicionar. Pero mientras, allí estaba, y los cuatro vientos sacudían mi desordenada melena, como si fueran mis pensamientos luchando entre sí.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capítulo 17- La ratonera

Capítulo 18- Con el hierro al cuello

Tema central