Capítulo 3- A la luz de la luna
-Algún día cocinaré como tú, Morgan-
-Oh, por favor. Llámeme Jack, señorita...- el viejo suelta una risotada - ¡Disculpe, disculpe...Señora! No pierde uno las viejas mañas-
Nos reímos los dos.
En realidad ni Morgan y mucho menos yo éramos los encargados de la cocina. Pero Morgan cocinaba demasiado bien y le gustaba, así que a veces se le permitía tal banalidad.
Y yo debía aprender ahora que era una señora casada.
Sentía que tenía el deber de aprender a comportarme como una mujer.
A esas horas de la noche, la cocina lucía tranquila y oscura, estando solamente el viejo pirata y yo.
Estaba muy sensible y perceptiva ante el mundo en esos días y muchas cosas rondaban por mi mente, lo que hacía que fueran muchas las noches yaciendo en el lecho, conversando hasta que las luces del cielo nos advirtieran que había que dormir un poco.
Pero Gabriel comprendía, que él había abierto esa nueva visión en mí.
Él era demasiado comprensivo, siempre lo fue, de hecho, demasiado paciente.
Tenía entendido que la paciencia y la comprensión no eran virtudes masculinas cuando se trataba de mujeres. En el convento escuchaba conversaciones ocultas y algo atrevidas acerca de lo terrible que podía ser para una mujer la noche de bodas.
Las historias y las leyendas eran aterradoras, más que las de la misma Llorona.
Pero con Gabriel aprendí que el mundo era un lugar lleno de demasiadas falsas creencias. Demasiadas creencias que aprisionaban a las personas.
Pero si alguien se atrevía a desafiar esas creencias...
Me tapaba la boca cuando pensaba en eso.
La hoguera se presentaba ante mis ojos, los cientos y cientos de mujeres que habían sido calcinadas por pensar como yo lo hacía ahora.
Y Gabriel pudo haber corrido con la misma suerte que su padre, igualmente por pensar diferente.
Por eso nos enamoramos, por eso nos casamos.
No había duda, como pensábamos en aquellas noches sobre el lecho, de que éramos el uno para el otro.
Y que nuestro lugar era el océano, bajo nuestra propia ley.
Pero yo me apretaba mucho a él, y me preguntaba por cuánto tiempo la humanidad nos dejaría vivir en paz.
-Usted no tiene por qué preocuparse por ser como las otras, señora- Morgan rompía el silencio como si leyera mis pensamientos -Que usted sea diferente a las demás, es precisamente lo que más ama el Capitán-
Sonreí entonces, pero por alguna razón no lo hacía con mucho entusiasmo.
-¿Hay problemas?- me atreví a preguntar. Me atreví a hablarle de mis sospechas, de que no sentía a la tripulación igual a como cuando era rehén.
-¿Problemas? Bueno...-
Sonó como una pregunta tonta, así que agregué:
-Me refiero a que veo que el Capitán tiene muchas reuniones, y muchas conversaciones con esos piratas... Bueno no es que los conozca-
-No, no los conoce. Pero escuche, le diré quiénes son. Debe aprender muy bien sobre cada hombre a bordo de esta nave-
-Pero mi esposo no quiere que yo me junte con algunos-
-No. Pero el Capitán también está aprendiendo- Morgan dejó de hacer lo que estaba haciendo y me invitó a sentarme en una de las mesas- Señora, esto es algo totalmente nuevo para él. Yo sé que él amó a Abigail, pero era un joven algo desorientado...-
-Era un joven que creía que podía comprar a las personas, sin importar lo que ellas sintieran-
-Así es. Muchos fuimos así- admite.
-Porque así es para muchos en este mundo- afirmé con amargura, recordando los rostros de aquellos indígenas que rescatamos del barco español- A él lo atormenta pensar que ella, pues que Abigail...en realidad no lo amaba. Él necesita ahora saber que yo lo amo, y que nada es forzado... Jack... ¿Tú qué recuerdas?- dije con el corazón acelerado- Por favor, dime-
-Lo lamento, pero mucho me temo que yo no pueda saber más que él-
En eso, el Capitán entra. Sus pasos eran definitivamente característicos, y todo el mundo en el barco podía identificarlos a distancia.
-Hola mi amor- lo saludaba con la piel erizada.
Su sonrisa era cálida, y al vernos comenta:
-Comiendo a estas horas, como las lechuzas-
Él no era de andar haciendo bromas ni mucho menos. Pero de unas semanas para acá, Gabriel estaba aprendiendo.
Me puse de pie para abrazarlo. Aunque nuestras normas de conducta en público eran estrictas, de vez en cuando nos dábamos el lujo de demostrar tales afectos.
-La señora quería aprender a hacer mi ratatouille- soltó Morgan relajadamente.
-¿No me digas?- Gabriel casi se echa a reír.
-Sí ¿Por qué no?- confesaba yo.
-Sí no quemas todo el barco ¿Por qué no?-
-Muy gracioso-
- Bueno, no me gustaría que tus manos se pusieran ásperas-
No comenté nada con respecto a eso pues él era un atrevido y un pillo.
-Ven, vamos- me dice al fin.
-Siempre tan apurado- le reproché en juegos. Y muy sonrojada.
Me llevó de la mano a cubierta, ante una noche impactante, que te hacía sentir como una pequeña hormiga en un espacio infinito.
-Mi amor...-
Cuando llegamos hasta la borda, me dirijo a él, sin soltar su mano ni separarme de sus brazos. En realidad quería decirle, que no sabía por qué no podía separarme de él, por qué me era como una adicción divina estar con él siempre... y no me saciaba. Pero pensaba que eran tonterías mías de mujer emocional, y lo que salió de mi boca era otro asunto muy distinto:
-Noto algo de preocupación en ti. Dime mi amor, si hay algo que no te gusta-
-Tal vez-
Esperé que él se abriera y me contara todo lo que necesitara contarme... Y esperaba que todo fuera con respecto a mí.
Morgan me contaba que él estaba preocupado porque estaba aprendiendo. Pues yo aún más.
-Es algo complicado...-
-Porque favor dime- sugería, y en eso el viento frío de la noche me hizo estremecer. Él me rodeó más con sus brazos para darme calor.
Se dió cuenta que me refería a nosotros dos, a mí.
-Amor, nada de lo que esté ocurriendo es culpa tuya, ni tiene que ver contigo. Dime si alguien te ha hecho sentir incómoda-
-Te refieres a la tripulación-
-Sí, de eso se trata-
-Gabriel, por favor. Ya te he dicho esto antes, y te lo repito. Los más importante ahora es tu vida, tu bienestar. Me preocupa que hayan problemas con tus hombres, y no quiero inmiscuirme... Solo digo que sea cual sea el problema, lo importante eres tú-
Sus ojos grises, que tantas veces podían ser tan terribles, solo me daban paz y confianza ahora.
Tomó mi mano, y se sentía la fuerza bajo una cubierta suave y ligeramente oscura. Su mano sobre la mía hacía resaltar mi blancura.
-Me hubiera gustado comprarte la joya más valiosa sobre la Tierra- dijo decepcionado, contemplando mi anillo, el que llevaba en mi mano izquierda. Eran nuestros anillos de casados, testigos de toda la ceremonia cristiana, tal como se conociera en la actualidad.
A veces quería decirle que yo no quería que olvidara por completo su cultura en lo que se refería a mí.
Me gustaba todo lo que él me enseñaba, y todo lo que teníamos en el camarote.
Pero con respecto a mí, él no permitía que la religión de su padre ejerciera alguna influencia. Estaba claro que me mantendría lo más alejada posible del Islam.
Y habían otra cosas de las cuales se mantenía alejado. Y yo no le preguntaba porque respetaba su espacio personal.
Sospechaba que esa noche querría hablarme de alguna de esas cosas.
Me preguntaba si sería acerca de...
-Este anillo es la joya más grande que yo pueda tener. La velada en Cuba fue algo que jamás olvidaré, y ningún lujo ni ceremonias en palacios podrá jamás superar eso-
Gabriel sonríe con ese gesto tan conocido...luego me dice:
-Le escribiré a mí madre, y le contaré todo. Sobre ti-
Me alegró saber eso, soñaba con que algún día pudiéramos hacer el viaje que Gabriel tenía planeado, a Italia...
Entonces se queda absorto ante el océano, y temí que estuviera recordando y temiendo a demonios del pasado. Porque veía más allá de esos ojos.
-Tengo miedo, mucho miedo- me dijo al fin.
El oleaje golpeando contra la madera...
-Tú temes por mí. Yo temo mucho más por ti- y volteó para mirarme fijamente - Tengo miedo. Hay cosas del pasado que jamás sanarán, yo jamás, jamás podré recuperarme de...-
Y no pudo seguir.
-Yo lo sé, no tienes que decirlo. Y te comprendo. Pero aquí estoy para apoyarte, Gabriel, y no para reemplazar a nadie-
El dolor estaba allí, y me imaginé en ese mismo instante cómo pudo sentirse él la noche en que invocó las fuerzas malignas e hizo ese horrible juramento. Me lo imaginaba, y muchas veces soñaba que veía a la pequeña Anaís.
Porque sabía que era el mayor dolor en la vida de mi Capitán.
-No quiero vivir otra vez algo que pueda asemejarse. ¿Entiendes? Marianne, lo lamento, porque hay muchas cosas que no podré darte-
Lo sabía, no necesitaba palabras para saber que ese miedo siempre estuvo allí latente.
Me recosté aún más de él, y así nada podría hacerme daño:
-Me das amor- le aclaraba -Eso es suficiente-
Y cuánta dureza había en su rostro, cuando por dentro el Capitán lloraba, pero no creía que esos ojos grises pudieran volver a llorar alguna vez.
Y no dijo más.
-No tienes que preocuparte. Recuerda... nuestra primera vez, pues yo te lo dije. Todo queda en manos de Dios y solo debemos confiar en Él-
Mi mano se posó sobre su pecho, donde siempre llevaba la medalla que le regalé.
Y besé sus labios para darle consuelo, y confianza.
Pero éramos como dos ángeles caídos, navegando en medio de un infierno oculto y silencioso.
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