Capítulo 2- Ante ti
Jamás me había sentido hermosa.
Para mí el hábito nunca fue una excusa para evitar sentirme mujer, yo jamás me sentí mujer. Jamás atraje miradas, ni fui centro de atención para nadie y en ninguna parte.
Ahora que lo era, no sabía cómo sobrellevarlo.
Sin embargo allí estaba.
Y él no despegaba sus ojos de mi piel desnuda, tan blanca como él siempre decía que era, como una perla.
Amanecía y me disponía a vestirme, con el viento salado que entraba por aquella ventana que tanto conocía, rozándome suave y cálidamente. Hacía calor. Y ahí estaba una vez más esa ventana, detrás de la cual me había pasado tantos meses, añorando lo que desconocía.
Sí, estaba allí otra vez, pero el mundo a mi alrededor había cambiado por completo.
-Gabriel, deja de mirarme así- le susurraba.
En esos momentos él era tan silencioso, porque hablar estaba de más cuando todo se decía con miradas, con caricias, con besos.
Y era muy caballeroso, tanto que noté su rubor y una ligera intensión de apartar la mirada ante mi petición. Pero luego supo que nada de eso era en serio y me dijo:
-No, no quiero-
Me sonrojé mucho con aquella sonrisa atrevida, pero no cubrí ninguna parte de mi cuerpo ante eso.
-Es que ¿No te cansas?-
-No- volvía a responderme, con aquellos ojos de la que me hacían estremecer.
La ropa seguía allí sobre la silla, muy sorprendida de mi propia audacia.
Las sensaciones que causaba en él eran hechizantes. Ahora comprendía por qué tantos hombres creían que las mujeres éramos brujas.
Esta enorme seducción había llevado a muchas a la hoguera.
Y no estaba segura de cómo podía ver eso, que nuestro poder de seducción era nuestra condena.
Finalmente puedo cortar con el momento, y me divirtió pensar que aunque había una tina y agua en aquel compartimiento del camarote, era el océano nuestra bañera, el océano en dónde casi todas las tardes me bañaba, dejando que el agua salada purificará mi alma.
Parecía que hubieran pasado siglos, pero el calendario marcaba apenas unas semanas.
Unas semanas desde que Gabriel y yo nos unimos, después de haber sido bendecidos en una modesta capilla en la Habana.
Algo tan grande y sin embargo tan secreto para el resto del mundo.
Él había sido tan respetuoso, como si siempre tuviera miedo de cometer algún error.
Pero yo le enseñé que ya no habrían más errores. Qué yo era de él.
Y como tal me entregaba todas las noches. Desde que Dios nos unió, ya no había más recato ni distancia.
No sabía ya si ahora podía considerarme religiosa, pero todos los días rezaba y sabía que Dios, desde el primer momento había obrado en él, en el Capitán.
Todavía lo llamaba así. Porque jamás se mencionaba su nombre en frente de la tripulación.
Para mí él era mi Capitán, aunque eso significara realmente mi amor.
Aunque él no fuera enteramente Católico.
Aunque en las noches él recordara mucho de su cultura y en nuestra vida hubieran todas esas mezclas.
Porque allí estaban sus cosas, en nuestro camarote, cosas increíblemente seductoras que mostraban el lado mágico de un imperio milenario.
Definitivamente que no era como los demás, finalmente no seguí retándolo, viendo hasta qué punto podía controlar sus impulsos de hombre, y cubrí mi cuerpo a medida que entraban por la ventana los primeros rayos de sol.
Y así con un "te amo" en la mirada de ambos, así todos los días comenzaba la vida.
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