Capítulo 19- Cree, es posible

La traición era algo que desconcertaba hasta a la mente más astuta.
Después de eso, no habían pensamientos claros ni confianza vigente.
Pero lo único importante en ese momento era resguardar la vida de Marianne.
Y en ese breve momento de debilidad y distracción, la espada del francés logra desenvainar, pero nuevamente el Capitán parecía en verdad ser el hijo del Diablo, y antes de que aquella espada pudiera herirlo, la mano de Fontenay volaba por los aires junto con la espada que empuñaba.
Y le dió un instante más de vida, para que Fontenay pudiera decir:
-Yo sí fui leal, Gabriel. Fui amigo-
-Lo sé- le respondía el Capitán.
-Pero tú me obligaste a hacer esto- agregaba el acorralado hombre...
Y fue lo último que dijo.
Todos los demás se habían marchado corriendo hacia estribor, hacia las cámaras del capitán antes de que fuera demasiado tarde.
Mientras, el cuerpo de Fontenay se quedaba clavado contra la madera, y con tal fuerza lo habían embestido que la espada atravesó todo su cuerpo y se clavó firmemente en la madera para dejarlo colgado y sangrando hasta morir, y el Capitán no se dió más la vuelta para verlo.
Los demás marinos que iban apareciendo, atraidos por el ruido y la agitación... se encontraban con el cuerpo del importante oficial allí asesinado, como una muy visual y macabra advertencia.
---*---*---*---
Las antorchas estaban encendidas tal como las habían dejado, y su luz brindaba una claridad por todo el trayecto que resultaba demasiado aterrador.
Él solo veía la imagen de Abigail tirada en el piso de piedra, esperando presentarse ante él bajo la forma de otra persona, la forma de su Perla, porque la negra fatalidad le había arrebatado toda clase de esperanza de su alma.
Había pasado demasiado tiempo ya, el Capitán no tenía ninguna esperanza de encontrarla con vida, y cuando sus botas llegaron a la entrada, y se posaron sobre la madera ensangrentada que precedía el marco de la puerta, su visión se nubló y empezaba a perder el conocimiento...
"Ahí está... detrás del escritorio"
Un eco de voz, habían hombres a su alrededor, a quienes veía apenas como sombras, y se tambaleaba.
Pero el Capitán seguía firme sobre sus piernas. Aquella fortaleza lo sostenía a pesar de que su mente sucumbía en la negrura.
Una mano fuerte lo aferraba del brazo y lo sacudía.
"Señor, señor"
Ahí tampoco había ningún peligro para ellos, porque solo habían cuerpos muertos.
Todos muertos.
"Capitán"
Una última sacudida lo hacía reaccionar, mientras que sus hábiles oídos captaban los susurros de una mujer.
-Está allá detrás del escritorio-
-¿Está viva?- preguntó sin ocultar su miedo al hombre que le hablaba, a quien conocía pero en ese momento no recordaba ningún nombre.
-Sí, Capitán, está viva-
Fue como despertar de una pesadilla, y corre hacia ella que estaba arrinconada justo donde sus hombres la habían encontrando.
Su Marianne yacía aterrada en ese rincón oscuro, llena de heridas que no identificaba.
-Tranquila, soy yo. Estoy aquí, mi amor. No temas-
Su voz reconfortante parecía calmarla, sin embargo no hablaba. Ella solo tenía los ojos clavados en los voluminosos cuerpos esparcidos por la habitación.
-¿Qué pasó aquí?- el Capitán le exigía a sus hombres una explicación de la escena, pero estaba mucho más tranquilo ahora que la tenía entre sus brazos, cálida y respirando.
Estaba el mulato Ojo de Halcón muerto con la espada clavada en medio del pecho. La espada que él le había regalado la noche de su boda.
-Encontramos a Tucker, Zachariah y a José Pancho heridos de bala cuando entramos- explicaba Clifford - Nosotros los rematamos-
-Pero este maldito... - Morgan permanecía parado al lado del cuerpo del mulato- Éste estaba bien muerto cuando llegamos-
-¿Y quién hizo todo eso??- al Capitán le costaba trabajo confiar ahora, solo preguntaba desesperado esperando que alguien le explicará aquel horror.
-Pues, señor, ella- continuaba Morgan.
Todos los hombres presentes se mantenían alejados del Capitán y de la mujer en sus brazos, con la mirada fija en ella, como si se tratara de un ser extraordinario.
-Sí... fue ella- ratificaba a su lado Clifford.
Con más detenimiento estudiaba su blanca piel cruzada por cortes y magulladuras, y en su rostro una cruel tajada atravesaba su ceja hasta su mejilla.
El Capitán intentaba torpemente secar aquella sangre con su ropa, y temblaban los dos.
No podía imaginarse cómo había pasado aquello, las armas estaban tiradas no muy lejos como testigos mudos de una lucha increíble. Pero lo único que importaba era que estaba viva y que sus heridas no eran mortales.
-¿Dónde está Roberts? ¡Lo quiero aquí ahora!- ordenó, y sus dedos apartaban el cabello del rostro de Marianne, muy adolorido porque sus mejillas estaban heridas, y su ojo derecho corría peligro de perderse para siempre.
Cuando el rumor se esparció por todo el barco, empezaba a nacer el mito de cómo una simple mujer había enfrentado a cuatro hombres y los había vencido.
Aquellos detalles no le importaban al Capitán, ni tampoco le importaban las heridas ni las cicatrices en su blanca piel.
Estaba viva, y eso era otro milagro.

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