Capítulo 14- "Moro"
Subimos a cubierta, a una tarde gris y nublada, y los hombres afanados no soltaban los catalejos.
Todos tenían el mismo objetivo a babor.
Curiosa, me acerqué a borda estirando la vista hacia el blanco horizonte.
-¿Qué sucede?- preguntaba el Capitán.
-Avistamos un barco-
Ante la respuesta de Aristiguieta, el Capitán pide un catalejo:
-Bajen las velas, corten el rumbo ahora- ordena.
Los oficiales obedecieron pero el rumor empezó a propagarse, y a medida que aparecían marinos, crecía la espectativa.
A mi lado se agrupaban muchos, y las murmuraciones de entusiasmo.
Pero yo no lograba ver nada todavía.
-¿Qué barco era? ¡Bandera!!- exigía saber.
-No lo sabemos, señor- le respondía Fontenay.
La tensión se adueñaba de cada uno de nosotros, y yo pasé de vigilar el horizonte a lanzar miradas angustiosas a Gabriel.
Fui a su lado, él me mira, luego regresa al catalejo, y entonces las murmuraciones se extinguen y el silencio era como el de un cazador acechante.
A medida que se aparecía la siniestra figura sobre las aguas, mi corazón se aceleraba de miedo.
¿Y si aquel barco ondeaba bandera española?
Mis ojos solo estaban clavados en él, esperando saber lo que haría. Lo que haría ante una tripulación de hombres esperando la orden para atacar y llevarse un jugoso botín.
Entonces los vi, allá atrás, detrás de los aparejos y las cuerdas. Eran ellos, tenían que serlo. Aunque sus rostros estaban difusos en mi memoria.
Y ellos me miraron a mí, por un momento, luego disimularon.
-Capitán- entonces me acerqué más a él, y yo no disimulaba, estaba dispuesta a mostrarle a aquellos hombres. Pero la cercanía del otro barco estaba alarmándome a mí, y curiosamente también a él.
-Dime- él deja el catalejo. Me encuentra con la vista clavada hacia algo que estaba detrás de él y voltea.
-Son ellos- le dije. Y sus ojos centellaron, y volteó violentamente buscando entre los hombres, pero un grito nos interrumpió a todos:
-¿Quién vive?-
Una voz lejana, una voz que venía del barco que se acercaba.
El Capitán no reconocía aquel barco ¿o tal vez sí? Algo comenzaba a adueñarse de su mente: recuerdos, que se presentaban como una viva y lúcida visión.
De repente el hombre que preguntaba "quién vive" era el mismísimo Montenegro.
---*---*---*---
El Capitán tenían muchos años sin verlo, pero su rostro no se borraba de su memoria.
Era un joven apresado en el fortín de la Galera, en Margarita, cuando vió el rostro del gobernador por primera vez.
Un español de cabellos rubios y ojos azules, que le llevaba unos cuantos años.
-Y bien ¿Qué vamos a hacer contigo, moro?-
Así lo llamaba, "moro".
-No soy moro, tengo un nombre cristiano- respondía el joven.
-Pues no te queda bien ese nombre, tú no eres ningún cristiano-
Montenegro era un hombre déspota, cuya crueldad se disfrazaba de blancura y finos uniformes.
-Y no sé qué hace un extranjero como tú metiendo las narices donde no le incumbe. Pero por tu culpa estoy aquí hoy cuando debería estar en casa con mi amada esposa-
-¿Dónde está ella?... mi esposa- adolorido por las torturas, con la visión borrosa y en plena oscuridad, Gabriel clamaba por saber de Abigail. Las tropas realistas los habían asaltado en el barco, llevándose a Abigail y a la bebé como rehenes -¿Y mi hija?-
-Tu mujer, debo decirte, moro, es bastante deficiente en la cama. He tenido mejores- respondía Montenegro con crueldad, clavando el puñal de aquellas palabras en el alma de Gabriel -Pero ahora que lo preguntas, ven conmigo-
El hombre ordena a los guardias que desencadenen al prisionero. Lo liberan de los grilletes y lo cargan, puesto que la debilidad hacía que éste no pudiera sostenerse sobre sus piernas.
Tenían heridas y lesiones que le dejarían consecuencias por el resto de su vida.
-Tú eres un caso bastante molesto, moro. Por tu linaje no puedo cortarte la cabeza, como hago con todos los miserables patriotas que traicionan a la corona. No sé qué haces tú en estas tierras, metiendo las narices donde no debes. No puedo quitarte tu barco, tampoco. Eres un completo fastidio- iba diciendo mientras los hombres llevaban al prisionero a otra cámara del fortín.
Llegaron a un lugar horrible, en donde lo que vería, le destrozaría el alma.
-Bueno, como verás, tu mujer no resultó muy buena- con toda la tranquilidad del mundo, Montenegro le mostraba lo que había allí, en aquel apestoso antro de piedra, oscuro y húmedo... El cuerpo de la mujer desnudo yacía tirado sobre la piedra fría, estaba inerte y destrozado -Me aburrí de ella y se la regalé a mis hombres, y bueno, todos gozamos mucho con ella...- se acercó a él, y le susurraba al oído:- ¿Oíste? Al menos no se fue de este mundo sin antes haberlo gozado muy bien, muy muy bien-
Luego, al ver el resultado de todo aquello, se encoge de hombros, mientras que Gabriel era forzado a ver aquello. Y todos los hombres pasaban, y veían el cuerpo desnudo con morbo y lujuria, sin importarles que aquella mujer estaba muerta: su piel aceitunada, llena de heridas y sangre, el cabello negro esparcido por la dura piedra, enmarañado y sucio de sangre.
Y nadie se molestaba en cubrirlo, ni por respeto.
-Espero aprendas, moro. Te voy a dar una oportunidad, como no puedo sacarte las tripas, y quitarte todo lo que tienes en ese barco tuyo, porque mancharía mi reputación, te tengo que dejar ir. O sea- resoplaba con frustración -Ta cazo, te atrapo, pero no encuentro la manera de incriminarte, de destruirte de una buena vez.... Agradece eso, agradece que te dejo para que agarres tu barco y regreses a tu desierto-
El shock era tan grande que no podía hablar.
-No te molestes por esta mujer- le decía con lástima, al ver cómo el dolor destrozaba al prisionero mucho más que lo que hicieron las mismas torturas- Cuando tú de seguro puedes tener un harén allá en tu tierra, pagano maldito. Aunque creo que eres más estúpido- y meneaba la cabeza- Tú te lo buscaste todo-
Y lo lamentaba en serio. Montenegro lo considera inofensivo, un joven idealista y estúpido.
Entonces, el llanto de un bebé, que venía de algún lugar, lo hizo reaccionar.
-Mi, mi hija...- murmuraba -¿Dónde está?- y si hubiera tenido más fuerzas, hubiera luchado como una fiera.
-Aún te faltan lecciones que aprender- le aclaraba Montenegro como si se tratara de un profesor que preocupado aún tuviera que dar lecciones a su pupilo.
Y aquello se borraba de la memoria del Capitán, lo más horrible era bloqueado por su mente, sin embargo aquellas visiones eran terriblemente reales y las palabras de Montenegro seguían intactas en su memoria:
-Lo hago por tu bien. Ven, te voy a mostrar otra cosita, es para que aprendas ¿Entiendes?. Soy magnánimo contigo, moro, créeme. Porque me tienes fastidiado, tener que pasar por esto hoy, un día tan hermoso, cuando me espera mi amada familia en casa-
Comentarios
Publicar un comentario