Capítulo 13- Pupila
El trayecto parecía más largo de lo que esperaba, lo que me hacía pensar que estuvimos cerca de cruzar fronteras europeas, y por alguna razón el barco se había dado la vuelta.
La cercanía con el rey de España era tal vez la razón.
Me preguntaba en qué lugar estaría el nombre de este barco en la lista de los cazadores de piratas españoles.
Entre los primeros, mucho temía.
Me preguntaba hasta qué punto habrían datos registrados...
El Capitán había sido claro conmigo, una noche cuando me dijo que si alguna vez nos atrapaban, que yo solo sería una rehén.
No había nada a bordo que comprobara mi unión con él.
Lo único que lo atestiguaba había quedado en los registros de una pequeña capilla en Cuba, tal como lo habíamos estipulado.
Me hizo prometer que así sería. El Capitán no iba a permitir que la historia se repitiera.
Lo tuve que aceptar con lágrimas en los ojos.
Me dijo que no iba a ocurrir lo mismo, y que si tenía que negar cualquier relación conmigo para salvarme de las crueles manos de la ley, lo iba a hacer.
Y me asustó terriblemente, porque su determinación era irrefutable.
Me negaba siquiera a pensar en la idea de que algo así ocurriera.
Eso nos mantenía alejados de aguas europeas, infectadas de buques reales y corsarios implacables.
Era solo un sueño el imaginar ir a Italia y que el Capitán se reencontrara con su madre alguna vez.
Las aguas menos vigiladas eran nuestras salvación.
Sin embargo...
Las aguas traían siempre muchas sorpresas.
Monstruos, contaba Morgan historias por las noches, sirenas, barcos fantasmas.
Se decía que las almas de los marinos quedaban a la deriva y que merodeaban siempre por los océanos, por el resto de la eternidad.
Era como una manera de castigar a los asesinos. Y habían muchos de esos asesinos a bordo del Venganza Negra.
Un aire inquietante se respiraba por las cámaras y la cubierta, y yo me refugiaba en sus brazos para no sentirlo. Con él estaba segura, pero el mundo era demasiado grande y cruel.
-Tienes que prometerme que escucharás-
Gabriel no me trataba como una frágil doncella, o una esposa tradicional, no, de ninguna manera. Al contrario, cada día intentaba hacerme ver más como un oficial.
Intentando que fuera lo más diferente posible a Abigail, tal vez.
La vida le había enseñado de la manera más cruel.
-Este barco es demasiado peligroso para ti. Creí que lo podía tener todo controlado... Pero me equivoqué-
Eran sus palabras, y
su rostro estaba tan sombrío y su voz tan decepcionada que no pude hacer ningún comentario porque creí notar otra vez una mirada inquisidora, como si temiera que yo ocultase aun más cosas. Y tal vez tenía razón.
su rostro estaba tan sombrío y su voz tan decepcionada que no pude hacer ningún comentario porque creí notar otra vez una mirada inquisidora, como si temiera que yo ocultase aun más cosas. Y tal vez tenía razón.
Cosas que no toleraría escuchar, pero se lo veía en su mirada: una mirada terriblemente triste.
Pero, yo aplacaba su angustia, y un beso en sus labios de mi parte le confirmaba que no temiera más.
-No puedo olvidar- agregaba, nuevamente regresando a un dolor más antiguo.
Después de lo que pasó la otra noche no podía contradecirle aquello, lo acompañaba en todos sus temores. Sin embargo dije:
-Pero yo no podía quedarme en San Isidro. No después de conocerte. Iba a morir de tristeza-
-Yo igual-
-No me importa lo que sea, ya te lo dije, porque estamos juntos-
Aquello era tan cursi, algo que ni yo, ni Gabriel hubiéramos dicho antes. Pero ahora era lo más honesto y verdadero del mundo.
-Tengo mucho miedo- me confesaba por primera vez, con el recuerdo vivo en sus ojos.
-Lo que pasó una vez no tiene que pasar otra vez. Te lo aseguro. No va a pasar lo mismo, y eso te lo prometo-
No tenía la certeza, pero esas palabras las decía como si jurara ante Dios. Porque estuve a punto de ser víctima de unos miserables, y eso me daba un coraje que me haría capaz de cualquier cosa.
El cambio en sus ojos fue obvio, la misma ira brilló en sus pupilas, y con esa decisión se pone de pie, para pasearse por la cámara, haciendo retumbar las pisadas sobre la madera:
-Nunca demuestres miedo, y recuerda siempre que estás por encima de todos ellos. Aunque ellos todo el tiempo intenten hacerte sentir inferior porque eres mujer-
Decía, y yo lo escuchaba como una fiel pupila, así como él había puesto de lado todo su orgullo y su herencia de sangre para aprender de mí.
-Te pones a su nivel si logran intimidarte. La verdadera fuerza no está en los músculos, aunque estemos en un mundo dominado por esa clase de violencia-
Y era como si hablara en otro tiempo y en otro lugar.
Sabía que era alguien por quien valía la pena luchar, y era feliz a su lado.
Así que no necesitaba charlas motivacionales para sentir que defendería mi felicidad ante lo que fuera.
Una vez llevaba un cuchillo bajo mi hábito, ahora llevada pistolas y espadas.
Entonces, salimos juntos de la cámara, yo a su lado, de una manera muy distinta ahora.
Sí, de alguna manera, muy distinta, yo estaba convirtiéndome en otra persona.
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